​El perdón

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Muchas personas interpretamos el perdón de múltiples maneras. Solemos escuchar aquello de: “perdono; pero, no olvido”. ¿Y significa esto realmente perdonar?


Mi experiencia, en los últimos lustros, se ciñe a las aulas, y siento cada día que es maravilloso ese concepto de Paulo Freire de la “Educación Biocéntrica”, donde ambos: educador y educando, constituimos sujetos de la educación.


Así las cosas, y en esta concepción Freireana, en una de esas largas jornadas de clases, e intentando que los temas de la Lengua Española se “ingieran” de la mejor manera posible, realizamos un ejercicio sobre las palabras más largas existentes en el idioma español, de las cuales, la Real Academia Española (RAE) plantea, entre otras: Electroencefalografista (23 letras); Esternocleidomastoideo (22 letras); Otorrinolaringólogo (19 letras), por solo nombrar algunas.


De pronto, desde el fondo del aula, uno de los alumnos que menos había participado, me trajo un pedazo de papel, arrancado de su cuaderno, donde podían leerse estas tres palabras:


Hipopotomonstrosesquipedaliofobia, que se define, irónicamente, como un persistente e irracional miedo o fobia a las palabras largas.


Hexakosioihexekontahexafobia: temor al número 666.


Parangaricutirimícuaro: gentilicio de un pueblo mexicano, San Juan Nuevo Parangaricutiro, localidad situada en el estado de Michoacán, México.


Y al final, en letras mayúsculas, aparecía: PERDÓN, con este comentario: “Porque es fácil aparentar el perdón; pero es difícil perdonar. Dichoso aquel a quien se le perdona; pero, más dichoso es aquel que ha sanado su corazón practicando el perdón”.


Hubo entonces diversidad de criterios al respecto. La mayoría significó que nunca podría perdonar a quienes les habían hecho un daño irreparable a sus vidas. Por ejemplo, la ruptura de su matrimonio por la intervención de una tercera persona; o la pérdida de un puesto de trabajo, logrado con esfuerzos, tan solo- decían- porque no le cayeron bien a su jefe… Y así hubo decenas de opiniones, que daban al traste con lo que el alumno del papelito defendió con ideas como estas:


“Si dices perdonar y el fuego del rencor o el odio arden en ti…eso no es perdón”, afirmó el estudiante.

Otros recordaron algo que me hizo pensar en Los 50 Principios del Milagro. De un Curso en Milagros, de Kenneth Wapnick, donde se sostiene que obviamente “se necesitan dos personas para que ocurra un desacuerdo o una discusión”. No obstante, “solo una es necesaria para el perdón”. Y también, como decía una gran amiga: “El perdón hace mejor a quien perdona que al perdonado”.


Wikipedia resume: “Perdón es vivir con el recuerdo, disculpar a otro por una acción considerada como ofensa, renunciando eventualmente a vengarse (…), optando por no tener en cuenta la ofensa en el futuro, de modo que las relaciones entre ofensor perdonado y ofendido perdonante no queden más o menos afectadas. El perdonarte no hace justicia con su concesión del perdón, sino que acata la justicia al renunciar a la venganza, o al justo castigo o compensación, en aras de intereses superiores”.


Pero, aclara también que: “El perdón no debe confundirse con el olvido de la ofensa recibida”, porque no podemos dejar de ver la realidad. La cuestión está en cómo procesamos el tema.


Transformarnos es parte de esta experiencia insuperable que es la vida y cometer errores nos concierne como humanos; pero, también evolucionar e intentar se mejores puede ser, y es, una opción.


Jesús enseña y ayuda en esta reflexión como pocos. Por ejemplo, en el pasaje bíblico de Juan 8:1-11, se narra la escena de la mujer sorprendida en adulterio, a quien los escribas y fariseos piden apedrear. Jesús les dice que “arroje la piedra primero aquel que no tenga pecado”, y claro está que nadie puede hacerlo. La despedida a la mujer es, no solo un acto de justicia, “sino un hermoso perdón”. ¿Nadie te condenó?”, pregunta el Cristo y ella responde: “Nadie, Señor”. “Tampoco te condenaré yo. Vete, en adelante no peques ya”. Y aquí se expresa el perdón del mismo Dios, a través de su hijo.


Mucho podría debatirse en torno al tema. El francés Henri Lacordaire escribe: “Si quieres ser feliz por un instante, busca la venganza; si quieres ser feliz para siempre, ábrete al perdón”.


La sabiduría oriental, por su parte, expresa que si quieres vengarte hay que cavar dos tumbas, una para el otro y la segunda para ti mismo.


El apóstol Pedro pregunta a Jesús, según el evangelio, cuántas veces es necesario perdonar a los demás, “¿hasta siete veces? Es decir, después de siete veces que perdono, ¿puedo ya no perdonar más?” ¿Tengo derecho a una justa retribución o quizás a ejercer un castigo a mi ofensor? Y ahí estamos representados en un Pedro, absolutamente humano, a quien responde Jesús, que hasta ¡setenta veces siete! Por supuesto, que no se refiere a una cifra exacta, sino a un perdón sin límites.


Al final, en nuestra propia imagen, en las huellas que quedan en nuestros rostros al paso de los años, y hasta en las enfermedades que padecemos, se refleja hasta qué punto esgrimimos el perdón, para nosotros mismos y para quienes nos rodean.


De quienes nos antecedieron en el análisis resumo algunas frases:

“Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más”. Oscar Wilde. “Escribe los agravios en el polvo, las palabras de bien escríbelas en el mármol”. Benjamín Franklin. “El débil no puede perdonar. El perdón es un atributo de los fuertes”. Mahatma Gandhi. “A perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos necesitado que nos perdonen mucho”. Jacinto Benavente.

Y finalizo con el Apóstol cubano José Martí: “Perdonar es vencer”.

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